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Amor a la Sombra

by Arthur Montague

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Gustavo Artiles
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El deseo sofocaba a Benjamín; su corazón le saltaba para ir a envolver a Ana María cada vez que se abrazaban. Echándose juguetonamente por sobre un hombro su larga cabellera negra, ella le respondía también como en juego, ciñéndolo fuerte, pues su amor era sincero y completo. Era así como había sido, como había sido antes de su separación.

Hoy, Taxas, el padre de Ana María, el hombre que se había interpuesto entre ellos, iba a venir de la montaña. Poderoso agente corredor de café, quería el café –el mejor arábiga jamás cultivado en Centroamérica y el primero sembrado en las Montañas de Maya. Él sabía que Benjamín no iba a venir a Punta Gorda para cerrar el negocio de la venta. Recordaba muy bien la amargura de su último encuentro seis años atrás, como también lo recordaba Benjamín.

* * * *

“Tu padre no era ningún amigo tuyo,” Taxas exclamó con sorna. “Su herencia se le devolvió a Witz, el dios de la Montaña Viviente, y a los mopanes, hace años. El café que sembraba no tenía mercado. Terminó en la miseria como los mopanes más pobres en sus aldeas y sus parcelas, en sus parcelitas, que cortaron a tajos en las tierras altas de la selva que habían sido quemadas y despejadas.”

“Su café no tenía mercado porque tú te negaste a pagarle su precio,” había contestado Benjamín. “Ahora podrías pagarlo fácilmente. El arábiga crecido a la sombra en la montaña está teniendo gran demanda.”

“No me interesa,” rugió Taxas, y sus espesas cejas se hicieron más profundas. Hizo una pausa para dejar que el mensaje calara. Después llegó al grano. “Como tampoco a ti debe interesarte mi hija. Pedir la mano de Ana Maria, como estás haciendo, es un insulto a mí y a todo lo que he hecho por ti.”

“Te he enseñado todo lo del café,” dijo Taxas, dónde comprar, cómo comprar, cuánto pagar, dónde vender. Por respeto a tu padre, que era un amigo pero un idiota. Eres como mi brazo derecho. En Guatemala, en México, en Costa Rica: Taxas el corredor, lo conocen por todas partes.

“Tú me ayudaste, te lo admito,” prosiguió . “Lo que sabes de café vino de tu niñez en la montaña siguiendo los sueños necios de tu padre. Pero el saber para transformarlo en riqueza, aun viviendo en este país donde no se siembra, ese saber es mío. Jamás vas a ser rico, Benjamín.”

“Tal vez sepas que Ana María piensa como yo,” fue la réplica de Benjamín. “A ella no le importa mi posición en la vida, comparado contigo.”

“Benjamín, voy a decirte cómo es la cosa. Ana María salió en un avión desde Punta Gordo esta mañana. Ya debe estar en Miami cogiendo un vuelo para Londres, donde va a estar en una escuela por lo menos tres años. No vas a volver a verla hasta que esté casada con un alto funcionario en Belmopán.”

“¿Quién?” fue todo cuanto murmuró Benjamín, descorazonado.

“Todavía no lo he decidido,” fue la petulante respuesta de Taxas. “Ni eso es asunto tuyo. Regresa a trabajar. Tú eres un obrero, nada más que eso. Tu madre era mopán, tu padre un garifuno con sueños más allá de sus posibilidades. Aspira sólo a lo que puedas alcanzar, Benjamín, nada más que a eso.”

“Primero alcanzo la montaña. Y después a Ana María.”

“¡Vetel de aquí!” gritó Taxas, levantándose de la silla. “¡Vete de aquí! ¡Eres una mierda! Eres tan bajo que hasta los tiburones te escupirían”.

Amor a la Sombra

* * * *

Seis años después

Benjamín sabía que Ana María había vuelto a Belice. Estaba en Belmopán, la capital, con un alto cargo en el gobierno. Oyó decir que ella había rechazado los esfuerzos del padre para arreglarle matrimonio. También oyó decir que tenía pretendientes. Taxas era un hombre rico. Tenía también poderosas conexiones políticas, algo necesario para ser rico Belice. Pero Ana María lo desafió y siguió soltera. Benjamín también. Ahora Taxas venía para la montaña. Quería el café.

En seis años, Taxas se había hecho más corpulento, aun disipado. Había perdido una temporada, cuando Benjamín dejó su empleo y él se vio obligado a restaurar la confianza de sus compradores. Eso lo consiguió ofreciéndoles fastuosos agasajos a los que él mismo se acostumbró.

El arábiga crecido a la sombra, en tierras altas y con certificación orgánica, estaba pasando a ser más que una moda. Los precios del robusta se habían estancado. Tan sólo el gran volumen de los granos químicamente saturados y cultivados al sol aseguraban el bajo precio. Los rumores acerca del café de Belice habían circulado por el mercado durante un año, eclipsando hasta las iniciativas de Starbucks en Chiapas. Taxas necesitaba el café, no las ganancias, porque él ya era un hombre rico. Lo que más necesitaba era el poder y el prestigio que lograría quien tuviera el control de los granos. El no tenerlo debilitaría su posición en general.

”Hemos oído hablar mucho de tu trabajo en las montañas desde que dejaste la correduría, Benjamín,” dijo Taxas sonriendo, queriendo ser amable. El viaje le había llevado dos días por tierras inundadas, la selva húmeda y, por último, las vertientes abruptas de piedra caliza. Benjamín no había arreglado el encuentro para la comodidad del agente corredor.

En el curso de los seis largos años, Benjamín había cruzado los pueblos donde los ancianos recordaban a su padre, y a menudo estaban emparentados con su madre, ella, que podía rastrear su linaje hasta el gran imperio copán y hasta 18 Conejos, el más grande los reyes mayas. Y siempre les hablaba a los pobladores con el lenguaje que había aprendido de ella. Su mensaje era sencillo: “Sigan sembrando lo que siempre han sembrado pero incluyan también el café. Eso no va a perjudicar sus cosechas de primera necesidad; ni va a afectar al tapir, al jaguar, ni siquiera a un pájaro ni a una mariposa y, con el tiempo, les va a traer grandes beneficios. Juntos, como siempre han estado los mopanes.”

Benjamín le mostró los granos a Taxas, secándose allí al sol en las terrazas de la montaña, traídos desde las aldeas y las haciendas de muchos kilómetros a la redonda. “Estás en presencia de Witz, el monstruo de la montaña viviente,” dijo. “Muchos cientos de agricultores han ayudado a Witz a alcanzar su potencial. Puedes abrazarlo, como nosotros, o volver a los cambalaches que haces bien lejos.”

“¿Vinimos a hacer negocios o a hablar de mitos?” preguntó Taxas, impaciente.

“El antiguo mito nos diría que te sacáramos el corazón, Taxas, y que se lo diésemos al dios Jaguar. El negocio del café es más salvaje. Los inspectores han estado cuatro meses en las montañas. “Todo esto que ves,” y Benjamín extendió el brazo con orgullo por sobre el horizonte de terrazas, “tiene certificación orgánica. Puedes ofertar. Dos precios: uno por la entrega tal como ves el café y el otro embolsado y en el puerto que escojas.”

Más tarde ese día, casi a la medianoche, Benjamín llamó a Taxas desde la choza de la montaña que le había ofrecido para su alojamiento.

Tenemos otros postores, algunos de Boston y California. Estos son procesadores a los que tú les vendes normalmente sacándole tu beneficio al precio. Todas sus ofertas son más altas que la tuya, pero menos de lo que pagarían si tú te hubieras llevado tu parte. O sea, Taxas, que les ofrecen a los campesinos mayas más que tú.”

“Maldito seas, Benjamín. Yo igualo su precio. Yo tengo que vivir en este país y ellos no.”

Y perder el negocio este año –y los que vienen— terminaría por acabar con tu poder político, ¿verdad?”

“Lo sabes tan bien como yo.”

“¿Igualas su precio más alto?”

“Sí, maldito seas.”

“¿Y adelantas fondos para la cosecha del año que viene basados en la producción de éste, estipulando que una baja del precio mundial no afectaría el precio final de tu compra el año próximo?”

“¿Cómo sé cuál será el precio el año que viene?”

“Tú eres rico, Taxas, pero tener que jugártelo todo te reduce al mismo nivel del típico agricultor mopán. Él se arriesga una vez; tú te arriesgas muchos miles de veces más. Esto es justo.”

“¿Qué más?” preguntó Taxas, pues sabía que Benjamín no había terminado.

“Ana María y yo nos hemos escrito durante casi dos años. Nuestras cartas son tan apasionadas que derriten las páginas. Vas a bendecir nuestra unión.”

“Éste es el otro zapato que yo sabía que ibas a dejar caer.” Replicó Taxas. “¿No te ha llamado la atención la hija de ningún otro comprado, ninguna otra hembrita buena? ¿No puedes buscar dentro de tu propia herencia otra procreadora para tus hijos? ¿Una maya? ¿Una garifuno? ¿Por qué Ana María?”

“Ella me ilumina la vida tal como a ti,” dijo Benjamín, y está de acuerdo sin reservas. Acuérdate, Taxas, tal como está la cosa, no me puedes ofrecer un trato por el café mejor que el de los yanquis.”

Taxas se puso a pensar. Había pasado bastantes años en Belice como para conocer las costumbres de los mayas. Más que pura historia, más que café, y ahora, en el escenario en el que se habían erigido los grandes templos hacía 3000 años, comprendió de pronto que una nueva cultura maya empezaba a filtrarse hasta estos rincones de la antigua civilización Quizá había alguna ganancia en ser parte de eso.

“Tendrás a Ana María,” dijo Taxas suspirando y con aire de resignación. Dicho esto, se le iluminó el rostro. “Vamos a arreglar el precio, Benjamín.”

Fin

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